Felix Fernández Recordó el Ascenso del Atlante

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Fue en el torneo 1990-91, los Potros se preparaban para la Final por el ascenso a Primera, de donde cayeron un año antes. La forma en que terminó aquello es un episodio atlantista legendario, que en ocasión del centenario del Atlante, Félix Fernández recordó para Futbol Total.
“Fue un torneo larguísimo, porque se interpuso el Mundial de Italia 90 y hubo un espacio largo entre el descenso del Atlante y el arranque del siguiente torneo. La liguilla también fue larga, se hizo por grupos y se incluyó también al campeón de segunda A… una cosa muy loca”.
El equipo no inició bien la liguilla, por lo que cesaron al técnico Gilberto Guzmán y llegó Ricardo La Volpe, aunque disfrazado como “asesor”. Fernández Christlieb recuerda que el equipo repuntó y vivió también un episodio terrorífico.
“En Zacatepec íbamos 2-2, en los últimos minutos hay un centro: salgo, choco con alguien, la pelota queda ahí, uno de mis compañeros se mete a la portería, hay un pase donde no hay fuera de lugar y cae el gol. Era la locura en el estadio porque con ese triunfo, estaban muy cerca de la Final y nosotros quedábamos fuera”.
Sucedió entonces algo que encendió el ambiente: “El árbitro no había visto que el juez de línea había levantado su bandera; le avisamos, fue a consultarlo y el abanderado le dijo que había fuera de lugar en el centro, no en el pase del gol, así que anularon el gol”. El público enloqueció.
El partido tardó 10 minutos en reanudarse y cuando terminó, se desató el infierno: “Una cacería de cualquiera que no fuera de Zacatepec. Entramos al vestidor de milagro; aventaron piedras y luego supimos que corretearon a la afición del Atlante por la ciudad… Pasamos cuatro horas en el vestidor, la puerta solo se abría para recibir heridos de la porra que habían sido golpeados brutalmente: sangrando, descalabrados, fracturados, desmayados. Tuvo que llegar el ejército para escoltarnos”.
Dentro del horror, Félix Fernández rescata algo: “Se hizo una comunión muy fuerte con la gente que nos seguía. Hubo mucha solidaridad, ellos acabaron con nuestra ropa de concentración y de juego incluso, porque la suya estaba bañada en sangre; los regresamos al DF con nosotros en el autobús: ellos en los asientos y nosotros parados”.
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Eso fortaleció también el amor de los jugadores por ese Atlante, igual que toda esa época: “Vivir un descenso, permanecer en el equipo, jugar en plazas muy hostiles te hacen sentir más los colores… Además ganábamos poco dinero”. Una parte de lo que obtenían era un sueldo muy bajo y el resto era una ficha que dividida en: 25 por ciento al firmar, 25 por ciento si calificaban a liguilla y 50 por ciento si eran campeones.
“Los jugadores de más experiencia le invitábamos el lunch a los novatos. Le dábamos dinero a utileros o masajistas para que prepararan tortas para los viajes. Viajábamos en un camión que Toño García -entonces presidente del club- había comprado y lo llamábamos el Agonías, con la mitad de asientos y la mitad de atrás con una gran sala, pero sumamente viejo, nos dejó tirados varias veces”. El gesto de Félix Fernández está entre la nostalgia y una sonrisa, pero se vuelve serio al recordar la Final contra Pachuca.

Final inesperado | “Ellos eran muy buen equipo, canchero, con jugadores de experiencia en Primera”, cuenta Félix de aquella Final que terminó 2-2 en la Ida, en el estadio Revolución de Pachuca. “Todo estaba programado para coronarnos en el Azulgrana, pero el rival fue sumamente defensivo y acabamos 0-0, así que se programó un tercer partido en Puebla, miércoles a las 12 del día”.
Hubo muchos hidalguenses, pues el gobernador del estado dio el día libre: “También un buen sector de atlantistas. Pero nadie imaginó lo dramático que el partido llegaría a ser”. El duelo fue cerrado, con ambos equipos muy precavidos y llegó a penales: “Se anotaron los 10 primeros, fuimos a muerte súbita y me tocó tirar no por capacidad, sino porque ya no había nadie”.
Félix Fernández recuerda una anécdota: “El día anterior entrenamos los penales. Cuando nos íbamos, alguien me dijo ‘Tira uno’. Se puso René Sánchez, el otro portero, y lo mandé a la tribuna. Entonces alguien dijo: ‘No hay que tomar mucho vuelo’. Y se me quedó. Al otro día, en el juego, viene el árbitro Arturo Brizio, me extiende la pelota y me dice: ‘Vas’. Me sorprendí, recordé lo de ‘No hay que tomar mucho vuelo’. No lo pensé y cobré en una especie de inconsciencia”.
Sin dudar para no engarrotarse, Félix clavó aquella pelota con un derechazo y selló el regreso de los Potros a Primera. Entre los gritos de “a huevo”, los jugadores entonaron un “A la bio, a la bao, a la bim, bom, ba… ¡ATLANTE, ATLANTE, RÁ, RÁ, RÁ!”. Una porra de otros tiempos, en que los Potros cabalgaban en canchas de Primera. Hoy, Félix Fernández lleva el escudo que ama tatuado en la pantorrilla derecha y espera que su Atlante pueda celebrar el año de su centenario en Primera.

 

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